Mientras te escondés entre la evasión y el tiempo,
Mientras te escondés entre la evasión y el tiempo,
¿ P...V...D...S... ?
Feliz navidad.
Tengo esa elocuente costumbre, a veces manipuladora, de extender lo más que pueda e innecesariamente todo lo que siento que tengo por decir; lo hago tan largo, que pierdo más tiempo formulándome lo que realmente quiero expresar que prestando atención a la respuesta que me intriga.
Es más corto un
"te amo".
Tras haber estado veintitrés meses brindando servicios médicos, cuando no filosóficos y psicológicos, siendo la única persona en el poblado que tuvo la posibilidad de estudiar y recibirse con honores en una universidad, era natural que se esbozaran en él todas las áreas pertenecientes a los altos estudios, el Dr. Naele Heucapia, (Nole Olcapia, como se hacía pronunciar) creyó merecedor evaluar si su estadía en Zolina ya había llegado demasiado lejos. Incomunicado de muchas cosas, y lo poco comunicado que estaba era gracias a una radio portátil que se volvía inservible en cuanto las pilas –agotadas- se hacían difíciles de reponer, le molestaba estar en ese ambiente de antaño. Su memoria se hallaba ya aburrida (al igual que la mía) de reconocer irremediablemente las mismas caras, y relacionarlas con los mismos nombres, afectos, sentimientos, ideologías, problemas, historias, años, casas, voces, sueños, momentos y por último, doblemente aburrido, de nuevo los nombres.
Por eso, después de meditarlo con esas caras (quienes, está de más aclarar, no querían verlo a más allá de la frontera del pueblo) decidió que no valía la pena seguir desperdiciando su inagotable capacidad en Zolina, un lugar realmente remoto.
Su increíble velocidad para tomar estas decisiones todavía me deja asombrado, el Dr. Siempre fue capaz de elegir la mejor opción sin fallar y con gran rapidez en todas las decisiones que ha tenido que afrontar. Tal vez por audacia, o gran experiencia, aunque cada vez me convenzo más que esa racha de buenos cambios fue solo una seguidilla de buena suerte.
Así fue como esa misma noche dejó listo su equipaje, no tuvo grandes dificultades en hacer entrar esos meses en dos valijas, una cargada de libros, ensayos y objetos de su interés, la otra de ropa; y una riñonera con los documentos y algo de dinero para el viaje, nunca había tenido los ostentosos ingresos con los que un doctorado de su tipo le permitiría soñar. Prosiguió a conciliar el sueño. Dentro de su cabaña había una gran chimenea, junto a ella una guadaña en la pared (simbolizara lo que simbolizara), una ciudad entera dentro de un cuadro, sillones mullidos, verde apagado con el tiempo y a un costado una cantidad considerable de leña, suerte que no fuera a necesitarla para su viaje. Ésa noche recuerdo haber visto salir humo de su tiraje, fue una noche fría afuera.
No por mucho madrugar amanece más temprano, dicen, y ésa no fue la excepción. Hasta creo que el sol demoró más de lo normal en despertar. Temprano golpeé su puerta, y para mi sorpresa Neaele estaba en el bar de Arlenio tomando lo que parecía, café (no podría afirmar esto, el Dr. Era bastante extravagante en cuanto a sus gustos, y uno no podría andar con certezas sobre su vida). Recuerdo haberlo saludado como todas las mañanas, y haber recibido unas indescifrables palabras de respuesta, no por el contenido de las mismas, sino por la continuidad entre la última sílaba de una palabra, y el comienzo de la que sigue.
Lo acompañé un instante, tenía prisa en partir (otra de las incomprensibles cosas típicasde Naele). Así lo hizo, lo llevé en mi Chevrelle hasta la estación de tren en las afueras del poblado, sin poner mucha atención en lo que decía (yo), tenía toda mi atención centrada en intentar decodificar lo que el Dr. decía. No fue más que un –Gracias- y una palmada en el hombro lo que nos despidió.
De aquí en más, la veracidad del relato se pone en duda, porque siendo obvio que yo volví a Zolina, se hace imposible el hecho de que pueda atestiguar lo que en cuanto al doctor y su viaje (lo que de verdad motiva ésta historia) concierne. Hasta aquí llega la completa realidad de mi memoria, y en adelante queda en usted, lector, ser fehaciente de lo que por mero boca-boca yo puedo contarle. Actualizaré en breve, cuando sepa a ciencia cierta lo que realmente ocurrió.
Dicen las voces, que antes de tomar su tren, el Dr. Heucapia descansó como solía hacerlo sobre sus cosas, que cuando estaba bien relajado y horizontal vio algo cerca de las vías, del precario (si así puede ser denominado) andén.
Dicen que impulsado por su increíble curiosidad salió de donde estaba echado y se acercó, que vaciló, y que tras una vista preeliminar lo tomó.
Era lo que parecía un cuaderno de anotaciones, recuerdo como el tendero solía describirlo (de dónde quiera que lo haya visto) con una tapa verde apagado y una advertencia que fraseaba “lo que tenga luz no le pertenece”; claro está que las mentes de nuestro pueblo no pudieron haber entendido ese mensaje entonces, dudo si la misma suerte correría para el Dr. Desconozco, al igual que todos, qué sintió él en ese instante, pero podría adivinarse con algo de imaginación.
Cuentan que abrió el cuaderno, del cual sólo quedaron reconocibles los siguientes versos:
“Escondido como un ratón entre la penumbra y el estero, bajo el mismo sol que ayer, sin recordarlo. Los hechos no son más que un conjunto de casualidades.”
Pegado detrás dicen (también, dicen…) que había un espejo. Pueden jurar que el doctor tuvo que haberse mirado en él, y tuvo que haberlo hecho un buen tiempo.
Naele quiso salir de Zolina, se imaginó en la ciudad, (esto me lo decía siempre) aunque a nadie pareció importarle.
Casualmente acá es donde la última frase de esos versos del cuaderno toma sentido. El doctor murió esa misma mañana, arroyado por el tren. El maquinista dijo que parado, mirando de frente a la locomotora.
Él ahora acaricia el tiempo, después de todo, se merecía un descanso.
Si algo me queda de Naele Heucapia, más allá de su recuerdo y las miles de enseñanzas que aprendí a lo largo de todo este tiempo que compartí con él aquí en el pueblo, es un inigualable don, de locuras sin igual.
Lo difícil no es convivir con las personas, lo difícil es comprenderlas.
pablo.
Es una poesía de tres estrofas, conformada por haikus individuales. Recién salidos del horno...
Bajo la lluvia
De un otoño naranja,
El perro extraña.
Ver que la lluvia
De otoño, frío y gris
Moja el asfalto.
Gotas de lluvia
Se rompen en cristales
Contra el paraguas
Afuera, todo
Lo que está a la intemperie
sigue mojándose
pablo.
Instante
En un mar de gente
Que sin buscarse se encuentran
En medio del ruido
Vislumbran
En el contraste de lo urbano
Únicas e irrepetibles figuras,
Se suceden hasta el horizonte (o lo que se ve de él)
Caminan,
Entre esa multitud de gente,
Dos gotas de vida
Sin saber el uno del otro.
Que son semejantes
Con prisa por llegar,
A buen trote, se van acercando.
Lo cotidiano, la rutina casual
El aire viciado.
A metros que son kilómetros
Se gritan cosas al pasar
Son el uno para el otro.
Sólo que ellos
En ése río,
Sólo son
Desconocidos.
pablo.
Único como él, inmutable
Por eso, imposible de relatar con un único sentido
Lo creó esa noche de verano,
Escondido entre las sábanas,
Cuando miraba entretenido la cuarta vela de aquel día
Y comenzó a consolidar recuerdos.
Cuando Morfeo atacó.
Abría los ojos ante la nueva luz
Antes de darse cuenta
¿Qué me pasa?
Preguntó.
Sintiéndose raro.
Otra vez
No movía las piernas ni el brazo derecho,
La cabeza era de plomo
En contenido manifiesto.
Y al mismo tiempo que veía
Y se desesperaba
Rebuscaba otra vez en su mente, repitiendo
¿Qué me pasa?
Inmóvil.
¡De nuevo no!
Le gritó un pensamiento, tan fuerte
Que se cayó de la cama y del porrazo
El mismo se mortificó.
¡Vení!, le volvió a pasar.
Gritó el hermano
A la vez que se le cristalizaron los ojos.
Pero sin perder la calma.
Ya pasa, Martu…
Acercándole una cuchara
Y el gusto de la mermelada lo asqueó
La odiaba, así como a varios manjares.
Pero inmóvil en el piso no podía hacer otra cosa
Que tragar, respirar, y mirar.
La cabeza lo mataba
Los brazos (ambos ahora) entumecidos
Los ojos secos de no parpadear
¡Otra vez se transformó en humano!
Dijo la madre y entró con mirada baja
Que feo está (como si no pudiera oírlos)
Ya pasa, Martu…
Cuando lo único que pasaban eran las horas
Interminables y martirizándolo.
La vela ya apagada.
Y él sólo pudo llorar.
Ocurría con frecuencia
Esas noches en que, con mucho miedo y transpiración
Se transformaba en lo más temible.
Muy asustada
La araña despertó.
pablo.
El que exageran los noticieros
El que cuentan los diarios
Y repiten las radios
Opto por no conocer
Las bajezas de esa irrealidad.
Creo poder vivir
Sin enterarme de ese mundo.
Acá: el mío.
Entre una música de colores.
Y letras que lloran.
Desde la ventana contemplo,
En aquel rincón del jardín
Una araña tejiendo
Esperando que caiga su noche
En la que podrá cenar; y ve
Un punto.
Naturaleza creciendo
En un universo sintético
Y vacío.
pablo.
.
Al día siguiente todo fue igual,
Tan sórdido como siempre.
Se realzaba en la incesante espontaneidad
De hacer lo que guste, de ser propio.
Habiendo determinado una vida agridulce
Luchando continuamente por no perecer
En aquella casita del bosque
Se erguía complacido de su pasado.
En cuanto del futuro era desconocido
Se contentaba con el ahora
Y de estar al tanto, ni le digo.
Ensimismado en su mundo.
El eterno lago pincelado
Entre esos amplios terrenos verde vivo
Servía de pacificador para el viejo montañés.
Disfrutar amaba, de saber que
En cuanto entrase, sin monedas de todos modos
El intenso aroma a café con leche (o mate cocido) lo invadiría
Un mantel con manchas de tiempo, y un hogar a carbón.
El octavo tren pasó efímero y puntual
En una de las ventanillas, el rostro de una muchacha
Entre la niebla de la mañana
El vagón se difuminó.
Una astilla de la frágil caña
Se incrustó en su meñique
No fue el dolor quien lo invadió, sino la melancolía
De las pocas astillas que sobraban todavía.
Hundió las zapatillas en el agua y fijó rumbo.
Esa no iba a ser la mañana
De enigma de Agosto.
En aquella casita del bosque
Próxima al ombú más viejo
El rústico filósofo continuó
Coleccionando años.
pablo.
"Algún día"
Fue lo último que pudo decir, antes que la inmovilizara con mi silencio.
pablo.
Tirado en un umbral.
Sin casa, sin lugar
Casi medianoche
El rocío comienza a humedecer
La luna es la misma
Una flor se marchita en mi solapa
Calmo, como siempre
Aun sin monedas
Contemplo la noche
La escarcha de madrugada
Noche de invierno
Espero
El primer rayo de sol
Aquí en el umbral
Los zapatos rotos
La luna en mi ojal.
pablo
El cálido sol de abril le pega de lleno.
Ojos dulces, miel tibia.
Su primavera interior.
Orejitas suaves, dibujo contorneado.
Juega con su abrigo.
¡Qué paz inmensa! Dirá el bichito,
Hasta las hortensias lo envidian.
Sigue tan calmo y pensativo.
¿Qué piensa?
Levanta una patita al sol, quiere llegar.
¡Casi se quema!
Peina su abrigo.
Otoño fresco, y él tan cálido.
Dulce gatito, piensa algo…
Gato pardo.
pablo.
Diciembre.
Mes de alegrías,
De dulces alegorías.
Mes noches tranquilas,
De grandes mentiras.
Un mes de ojos vidrioso,
Treinta y un días de gozo.
Esperanza renovada,
Fin de un ciclo.
Ventanas disfrazadas de espejos
Todos quieren ser chicos.
Cuando en todas las bocas resuenan paz y amor.
Silencio agitándose en las almas de una noche.
Preparativos familiares,
Para dar comienzo a la festividad.
Diciembre, muchos entristecen
Por los afectos que ya no están
pablo.
Tengo ganas de viajar, irme de acá.
De entibiar la frialdad de la rutina.
No aguanto más la monotonía de este lugar.
La opresión de hacer siempre lo mismo.
Viajar por grutas, rutas y mares.
Ver arena y agua, agua mezclándose con el horizonte.
Tomar un camino que me lleve lejos.
Lejos, allá donde el sol brilla.
Y donde la luna se mira en el mar.
Sentarme en ese suave colchón,
Y sentir el vaivén del agua
La marea que por las noches, cuando todos descansan,
Con un susurro, limpia su lugar de juego.
Quiero sentarme allá, y olvidarme de todo
De todo,
Tengo ganas de viajar.
pablo







